Fuego y Tierra

miércoles, 2 de junio de 2021

A Roberto Cazorla

 

Llorar, para qué. Si pudiera con las lágrimas crear un bosque, si con ello evitara la pena, si pudiera evadir la nostalgia y entender las palabras esdrújulas que ponen el énfasis en el límite de la palabra, quizás me merecería el esfuerzo, pero me falta el cobijo de la palabra serena, del sosiego del aire en el placer del paisaje.

Me falta el amigo que esperé y nunca reconoció mi sonrisa agradecida de su presencia y su mirada, a la que me faltaron notas musicales para añadir a su grandeza por ser poeta que engrandecía mi alma y pintaba de colores con pinceladas abstractas sus manos guiadas por aves extrañas. Me falta el color de su alma, rellano de hospitalarias olas azules de los mares que culminan agonizando en una isla entendedora de amores y eternos dioses creadores de estrellas y cuentos interminables con fines inalcanzables.

Me faltas, amor, y me falta tu grandeza. Así te cuide Dios y te resguarde tu sonrisa y tu mirada, digna de antiguos dioses y hechiceros querubines inspirados en tu mágica pócima de sabiduría inalcanzable, de notas musicales y palmas abiertas. Ojalá me concedas el beneplácito de haber sido en un tiempo tu amiga y haber rozado en algún momento el hálito del aliento que colorea tu presencia.

Ojalá, Cuba, toda entera, supo que Ceiba Mocha fue tuya porque la creaste diosa y alimentaste su alma de sus frutas tropicales y de sus ardientes mujeres, de las bocas del deseo y de las pieles abiertas. Ojalá que tus ojos alcancen a verme para reconocerme como una amiga, como compañera de sueños y espacios abiertos.

Ojalá, Roberto Cazorla, me vuelvas a mirar a los ojos y expresar tus deseos.     



Isabel Martínez Pita


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