Después de hablar contigo, al día siguiente, me levanté dispuesta a tirar todos los papeles caducados, inservibles, todo mi pasado acumulado en cajones olvidados. Dos bolsas llenas he sacado a la basura, pero entre los documentos, informes, cuentas y recibos ya prescritos, he hallado recuerdos ya olvidados que me han infligido una dolorosa consciencia del recorrido de mi vida.
Cuántas preguntas me han surgido sobre quién era yo, qué hacía allí, qué pensaba, qué decía. Cuál era en cada caso el objeto o el fin que deseaba o perseguía.
Pero tras las fotos, cartas de otros y narraciones inventadas, y después de unas horas aletargada buscando respuestas, he hallado el perfil de un ser al que siempre le ha resultado dura la tierra que pisaba.
He visto paisajes de un verde prodigioso e interminable, he buceado en alta mar desnuda tras haber visto cómo dos delfines jugaban y nos sonreían ante la proa del barco en el que navegaba; he oído los cánticos de los lamas y el sonido de sus largas trompetas, antes de la oración en la que participaba, en los pequeños monasterios del Himalaya. He visto y vivido muchas cosas, pero, sobre todo, he creído traducirlas e incorporarlas en el alma, a modo de lenguaje con el que me expresaba.
Pero también he visto a mi padre, después de fallecido, aparecérseme en un sueño que se imprimió en mi mente, en el que navegamos en un barco y los dos, sentados, hablábamos animadamente, hasta que en un momento dado él se puso de pie y me dijo que se tenía que ir. “Quiero que sepas y recuerdes que, si alguna vez pensaste que te hice daño, nunca te lo quise hacer y si piensas que tú alguna vez me heriste, nunca lo hiciste”. Con estas palabras desapareció para siempre.
Todas las experiencias han tallado una roca con la que había nacido y que se ha convertido como el vuelo de una gaviota que ya no distingue entre su caminar en la playa y su vuelo grácil hacia el cielo y sobre las olas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario