Fuego y Tierra

miércoles, 9 de febrero de 2011

A un hombre bueno

Se ha ido un hombre bueno, pero de sus cenizas inciertas queda el alma dibujando un paisaje que quedará entre nosotros, hondamente indeleble, profundamente satisfecho.

No te vas en vano, Ernesto, viajas con tu tarea cumplida, con tus manos limpias y con tus seres queridos agradeciéndote tu inteligencia y el respeto de espíritu por la equidad y sabiduría que solo un ser humano que ha vivido intensamente puede trasmitir a aquellos que hemos tenido oídos para escucharte y embelesarnos de tus palabras.

Eres un libro que ha cerrado página, pero al fin y al cabo historia porque supiste atesorar la amalgama de tu tiempo convulso para volar con tus ideas propias y ofrecerlas con tu obra en este mundo.

Has dejado la huella que, quizás, ni tú pensabas que podía quedar, así era tu humildad. Entre tu ironía se escapaba siempre la sonrisa del filósofo indolente, del libre pensador forjado en las convicciones más honestas.

Te estoy agradecida, Ernesto, por tu vida y por las palabras que me ofreciste que han sido enseñanza de un ser que solo como tú podías llenar de contenido.

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