Fuego y Tierra

miércoles, 12 de octubre de 2011

Pozo Amargo



Pozo amargo, emponzoñado de hiel, es lamento inconmensurable que no cabe en la cúpula de ninguna iglesia y, sin embargo, se extiende con sus raíces por los poros de mi piel.

Que vengan a sorprenderme los duendes, que me recuerden los anocheceres que no existo mientras la vida no venga a susurrarme al oído que todo es vano…, que descanse.

Que los colores apenas aciertan a pintar las miradas y que mis dedos se apoyan ya con desidia en las comisuras de mis labios esperando ya no decir nada. Se bajan las persianas y aunque no lo hicieran la oscuridad sería total.

Permanezco en el limbo de los que vacilan entre la caricia de una nube y la tormenta del que habla.

Auspicio un futuro de nieblas que lamentan mi existencia y arrastro mi sombra a pesar de que el Sol se ha olvidado de mi silueta.

Intrincada bondad la de las palabras que riegan los sentimientos con sus pétalos rezumando miel, y yo aquí, recordando el álgebra de las sinfonías imposibles, intentando arañar las paredes de la agonía, para nunca tener que decir que esta vida ya no es mía.



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