Fuego y Tierra

domingo, 11 de septiembre de 2011

El café



Han quedado grabados en mi memoria los olivos de Creta junto  a tu sonrisa y el amanecer sonrosado del café que me ofrecías para despertarme en la mañana. El olor a sal y la arena que se quedaban pegados a nuestra piel, compartiendo instantes que aunados forman parte de nuestra leyenda. Amado, qué poca cuenta tenemos de las agujas del reloj cuando estamos juntos y qué pesadas se hacen cuando me hallo separada de ti. Tan distante, tan cerca, tan absolutamente unidos porque solo puedo decir que Dios lo ha querido y amo la vida a través de tus ojos y necesito de tu respiración para sentirme viva. Eres la piel que habito y tus sombras forman parte de mi melancolía. Son tus pesares y tus desdichas las alimañas que tejen su tela alrededor de mi alegría por saber que soy tuya y únicamente y para siempre tuya. Nunca habrá nubes suficientes para borrar nuestra alegoría, de la que habrá que hacer una muesca en el libro de los peregrinos de la vida. No solo te amo, palabra pobre para expresar mi condición. Te respiro.  



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