Fuego y Tierra

viernes, 9 de julio de 2010

MI MAESTRO

A mi maestro, Roberto Cazorla, espécimen de un lugar que pertenece a las caracolas. Los gallos de colores hicieron de él un poeta investido de arcos iris que, a manos llenas, derrocha la sabiduría de los que realmente saben lo que es el verbo amar. Es el inadvertido personaje que rasga el alma de aquellos que estamos aptos para ser heridos; es el hombre que sin presente, sacia su sed con la nostalgia para evitar dar nombres a la podredumbre y resarcia en su inconmensurable espíritu las huellas de una actualidad insaciable que engulle lo inconmensurable que, para mi hermano Cazorla, es lo inevitable de la vida, lo sustancial y la presencia exhausta del aliento que le dirige hacia la eternidad, un tiempo sin retorno que él no busca sino en las amapolas que rompen a llorar cuando las arrancan. Roberto no forma parte de un florero ni de una página de un libro, Roberto es el libro y, a quien sepa leer, les diría que se atrevan a acercarse simplemente a la orilla de sus suspiros, a las alegorías de una metáfora que marca su destino, al paisaje que en sus ojos quedó sellado como el dibujo de un pintor clásico, con la trascendencia de una hermosa obra de arte que, en el caso de Roberto, te incita a vivir intensamente adentrándote en los recodos más inusitados y prohibidos de la propia existencia de cada uno. Con Roberto cualquier circunstancia se convierte en un milagroso azar de pasajes y recovecos y que, finalmente, te incita inevitablemente a la sonrisa, tan ancha como pueda ser el océano, tan intensa como lo que cada uno esté dispuesto a satisfacer. No quiero darte las gracias todavía, porque aún estoy acercándome a las pautas de tu poesía.

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